En aquel tiempo era el Circo Atayde un circo pobre de cuyos empresarios y cirqueros son nietos y bisnietos los actuales, llego a Guaymas en el año de 1888, y en la Plaza de Toros de Serdan y Calle 18, se presentó modestamente, ante un concurso numeroso, ávido de diversiones y de novedades.
Francisco Atayde, el mayor de la familia, vistiendo frac o jaqué negro, se
encarga de exhibir en la pista la habilidad de un caballo amaestrado,obediente
a las indicaciones del látigo resonante de su amo sobre el piso de aserrín, y
después su hermano Aurelio ejecutaba un acto que provocaba enorme expectación:
el gran salto a la Leotard, Ajustando al cuero desde la cuello hasta los pies,
un traje de malla, cubierto totalmente de lentejuela de color oro, saltaba
airosamente de un trapecio al otro, los dos en movimiento, frente a frente, y
recibía como premio a su arrojo y a su agilidad, estruendosas ovaciones.
Don Cayetano Iñigo y don José Iberri, desde sus asientos del palco de madera
tosca, que crujía a veces, seguían con los ojos al acróbata en su vuelo, y comentaban
entusiastamente la limpieza de la ejecución. Estábamos sentados cerca de ellos,
y al oír lo que decían, se avivaba nuestra infantil admiración hacia aquel
pájaro humano que salvaba las distancias en el aire con la rapidez de una
flecha disparada por un arco
Favorecía al circo la fortuna; el público, en gran número, acudía a sus
funciones, y los Atayde se mostraban satisfechos
De improviso, sin embargo, un terrible accidente del oficio los llenó de duelo.
El domingo14 de Junio
de 1888, por la tarde, los hermanos menores, Refugio de
12 años y Andrés de 10 u 11, se presentaban en el acto del trapecio doble,
haciendo evoluciones arriesgadas que todos presenciábamos con atención. El
circo carecía de red protectora para las caídas desde las alturas y la suplían
con un cobertor sostenido por 4 adultos de la compañía, mientras Andrés y
Refugio se entregaban a sus ejercicios; pero tuvieron unos cuantos minutos de
descuido; distraídos, aflojaron la tensión de la frazada, se rompió en dos la
barra del trapecio en que Refugio trabajaba, y el pobre muchachito, sin la
protección de la frazada, cayó en tierra sin sentido.
La consternación fue general; levantándolo del suelo sus hermanos y angustiados
lo llevaron a la pobre casa que habitaban, a la entrada del corral, y
compungido, el público se dispersó, comentando el tristísimo percance, que
automáticamente puso fin a la función.
A las once y media de la mañana del siguiente día, Refugio Atayde Guizar
expiró, y sus deudos y compañeros, angustiados, sepultaron el cadáver en el
Guaymas de aquel tiempo, el viejo Guaymas
Nota. En un folleto que los Atayde de esos días publicaron, se asienta que la
desgracia acaeció por haberse reventado una de las cuerdas del trapecio; pero
la versión es inexacta, pues lo ocurrido en realidad, es lo que hemos relatado.
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